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Divendres, 4 de juliol

Qui espera es desespera

sala d'espera I qui no té espera pot reaccionar desesperadament i donar lloc a una situació com la que ens descriu Quim Monzó en el seu article Monty Python en Bellvitge. Sembla broma, però no tan lluny de convertir-se en realitat. Perquè això no arribi, Monzó imagina què passaria si un dia aquest no tenir espera ens aboqués a una espera de per vida.


Los médicos residentes del hospital de Bellvitge iniciaron el lunes una huelga en protesta por la falta de seguridad con la que trabajan. Se concentraron para denunciar “las continuas agresiones físicas y verbales” que reciben de pacientes y familiares. Un portavoz del colectivo, Santi López, explica que reclaman más recursos, en especial en urgencias, “para evitar la crispación de algunos usuarios”. La noticia se difundió aquella mañana y me enteré de ella en un estudio de Catalunya Ràdio, entre las caras fascinadas de Empar Moliner y Antoni Bassas, que sugirió que la situación da para un gag. En efecto, uno imagina, por ejemplo, a aquellos señores clónicos que Monty Python acostumbraba a sacar, caricatura del obrero británico con gorra y gabardina entre beige y gris, y a aquellas señoras con bolsos, sombreros de tul y maquillaje barato, esperando durante horas en los pasillos del hospital, entre resoplidos, vistazos al reloj e imprecaciones varias. Y entonces, cuando finalmente se abre paso el médico –con su bata verde y acompañado, pongamos, de un celador que empuja la máquina que hace “¡ping!”–, en vez de pensar que por fin su perspectiva de espera será un poquito menor en cuanto el médico dé solución a los problemas del primero de la cola, pues se les echan todos encima y empiezan a arrearles puñetazos y patadas, sobre todo los familiares de los pacientes que esperan ser visitados, pero también algunos de los pacientes, y eso a pesar de sus brazos en cabestrillo, sus sondas y los tubitos del oxígeno. Con lo que, en vez de haber acortado un poco la espera, lo que consiguen es que ésta se alargue, no sólo porque el primero de la cola sigue sin ser visitado, sino porque el médico y el celador, al resultar heridos de mayor o menor consideración, se ven obligados a situarse en esa misma cola de urgencias, modositos, con un par de brazos rotos y algunas costillas y sin poder aportar su granito de arena para resolver la situación.

Uno ha pasado muchas horas en urgencias de muy diversos hospitales, sabe que las esperas se hacen interminables y entiende la irritación de los pacientes y de sus familiares. Por eso observa comprensivo como cada médico, enfermero o celador que entra en urgencias es inmediatamente agredido y pasa a añadirse a la cola de pacientes, que no sólo es cada vez más larga sino que no avanza, inmovilizada para siempre, de tal forma que nunca nadie saldrá curado de esta estancia que se convertirá, así, en una antesala del limbo, cuanto más si –al morir por falta de asistencia más pacientes de los que habitualmente mueren esperando que les atiendan– a los familiares les da por agredir también a los encargados de pompas fúnebres, que, no sólo no pueden llevarse los cadáveres, sino que también pasan a formar parte de esa cola abrumadora, que pronto se desparrama por las escaleras, el hall de entrada y las calles y los barrios más cercanos. Pero sin ningún alivio, pues, ya en toda el área metropolitana, los médicos aún desconocedores de lo que está sucediendo, al acercarse a ayudar con la mejor buena fe, son recibidos también a puñetazos y sucede que, en algún caso de desmayo, fractura craneal o hemorragia grave, alguien grita, como en las películas: “¿Hay algún médico entre ustedes?” Pregunta a la que el único médico sano que queda en cien kilómetros a la redonda no contesta, pues –traicionando con sensatez el código deontológico– opta por esconder su condición galena y, silbando, apresura el paso por miedo de, si le identifican, acabar molido a palos.

QUIM MONZÓ - ( La Vanguardia 04/07/2003)
cromets 8:01 a. m.